Tenía ganas de despedir 2015 haciendo unas fotos en analógico, y cuando lo pide el cuerpo pues hay que hacerlo!
Así que ayer salí a patearme la ciudad acompañada de la Konica, cargada con película BW400CN.
Llevaba todo el fin de semana deseando que saliera el sol de una vez, pero que por favor no fuera el lunes, quería fotos blanquecinas e invernales. Y el tiempo se portó, porque ayer hizo un frío del demonio y la ciudad era literalmente “blanca”, tanto que cuando llegué al Pilar casi me cuesta encontrarlo porque prácticamente había desaparecido entre la niebla (menuda inocentada).

El caso es que no se si por nostalgia, por romanticismo, por amor a la fotografía, o por una mezcla de las tres, de vez en cuando necesito una toma de contacto con la fotografía auténtica, “la de toda la vida”. Esa en la que en las cámaras no se enciende ninguna lucecita, ni hay ningún menú que configurar, ni tiene autofocus, ni nada de nada. En la que tienes que pensar muy bien antes de darle al botón porque cada disparo cuesta dinero, y a la que dedicas una mañana entera para gastar un carrete de 36, frente a los cientos de disparos que ahora se hacen en unas pocas horas.

La verdad es que cada vez que hago esto me quedo con un sabor agridulce, feliz por oír el sonido de un obturador que es como música celestial (jajajaja), pero desanimada porque el resultado nunca termina de gustarme, porque espero mucho de esto y siento que siempre se queda a medias tintas. Pero si una cosa es cierta, es que de ilusión también se vive.

Como ya escribí ayer en la entrada del disco de Cuti, los propósitos de año nuevo siempre se los lleva el viento, pero yo tengo uno que quiero cumplir aunque sólo sea dos o tres veces al año, y es repetir lo de ayer.
Porque me parece muy enriquecedor y una muy buena forma de aprender y de crecer, porque no hay que olvidar que lo más importante está en la toma y no en el procesado, porque la esencia de nuestro trabajo está ahí. En observar, en pensar mucho antes de dar al botón, en hacer una buena composición, y no es disparar en ráfaga cuarenta fotos  para después revisarlas en el ordenador y comprobar que todas son iguales… lo odio, y me niego y me negaré a trabajar así!

Creo que es la entrada más rollera y aburrida que he escrito en todo el año, y que quien no sea fotógrafo/a y me lea estará bostezando, pero es la más personal de todas y la que más “desde el corazón me sale”. Porque para mi la fotografía es algo más que una profesión, tampoco diré que es una forma de vida y que bla bla bla…es algo que me encantó desde cría, y me pareció tan bonita que me la quedé para siempre.

¡ Feliz y fotográfico 2016 a todos, amigos!

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